El pasado que pocos conocen de Zlatan Ibrahimovic

El pasado que pocos conocen de Zlatan Ibrahimovic

Cuando presentó su biografía, el delantero sueco confesó que le gusta que lo vean como a un “bad boy”. Un repaso por la toma de decisiones difíciles y obligadas que tuvo que realizar con su familia

por mayo 20, 2016

Una historia que no muchos saben, a pesar de que el protagonista es conocido mundialmente. En enero del año 2013, durante la presentación de su biografía, Zlatan Ibrahimovic confesó que le gusta que lo vean como a un “bad boy”.

Según cuenta el sitio Yahoo Deportes, a lo largo de su carrera alimentó esa figura de díscolo ingobernable con declaraciones del tipo “Zlatan: Dios”.

Es evidente que el delantero sueco comprende la conveniencia de interpretar ese personaje que los medios venden a diario. Se trata de una pose, pero con fondo real.

Las huellas de esa apariencia de rudo y malo están en su pasado. No es ese un pasado prototipo de futbolista humilde, que apela a su sueño en un entorno de carencias. Pero algo parecido.

La biografía de su familia se explica por la toma de decisiones difíciles. Obligadas. ¿Cuánto habrá influido en su carácter que tanto su padre como su madre sean inmigrantes en busca de oportunidades que las vicisitudes de la Guerra Fría no les ofrecían en sus países de orígenes, Bosnia y Croacia?

La primera decisión de peso que tuvo que tomar Zlatan fue elegir con quién vivir cuando sus padres se separaron. Ese episodio marcó su infancia, dura de por sí tras haber crecido en Ronsengard, un barrio marginal de la ciudad de Malmö que nuclea a miles de exiliados de países en guerra.

“Puedes sacar al niño de Rosengard, pero no puedes sacar a Rosengard del niño”, su frase de cabecera.

En el 2008, Rosengard llegó a las portadas de los principales diarios europeos cuando la policía reprimió las protestas de inmigrantes musulmanes tras el cierre de una mezquita. <

Este episodio volvió a revelar a Malmö como el centro del conflicto de la integración sueca.

“La nueva Suecia multiétnica” es una definición que los gobernantes y la prensa de este país utilizan para definir una porción cada vez mayor de inmigrantes acusados de trasladar sus conflictos a al país escandinavo.

Las propuestas para reforzar los controles, o directamente cerrar las fronteras, refutan  la idea de perfección y armonía asociada a los países de la región.

En ese barrio creció jugando al fútbol y practicando taekwondo Zlatan Ibrahimovic. Era lo único que le quitaba tiempo. Eso y los videojuegos. Soñaba con ganar dinero para que su mamá, empleada doméstica, dejara de trabajar.

Cuenta Leif Almo, el director de la escuela de taekwondo en la que Zlatan se entrenaba, que  hubiera llegado incluso más lejos de donde llegó como futbolista si se hubiera dedicado a las artes marciales.

Fue quien le advirtió que debía decidirse y focalizarse. Llegada cierta edad, la jerarquía del sueco para los dos deportes podía volverse en su contra. Fue ahí cuando largó todo por la pelota.

Declaró sus principios con una frase que exhibe su carácter. “No sólo que me voy a dedicar al fútbol, sino que voy a ser el mejor”. Tenía 11 años. Apenas un adolescente.

“Podía hacer lo que quisiese. Tomara la decisión que tomara, iba a triunfar. Porque Zlatan tiene algo esencial para los triunfadores: la determinación”, le dijo Almo a Canal + en una suerte de breve documental sobre la vida del goleador.

Zlatan estaba obsesionado con ser el mejor. Elvir Hamzic, uno de sus mejores amigos de la infancia, remarca ese afán de deidad al recordar los años que pasaron detrás de una pelota donde ahora hay una cancha de césped sintético instalada por la marca deportiva que viste al delantero del PSG.

Según Hamzic, su amigo no sobresalía entre el grupo habitual de los que jugaban en el barrio.Empezó a cumplir su promesa cuando FBK Balkan, un equipo federado que se entrenaba a tres kilómetros de su casa, lo integró a sus divisiones juveniles.

Hasta entonces era uno más entre los veinte o treinta niños de su barrio que corrían todo el día detrás de una pelota. Sus padres nunca lo llevaban a ningún lado. De Rosengard al entrenamiento iba corriendo o en bicicleta.

Ola Gallstad, ojeador del Malmo FC, el equipo más importante de la ciudad donde nació Zlatan, lo vio jugar y decidió ficharlo. Su equipo perdía 3 a 0 y él estaba en el banco. Cuando entró, metió los ocho goles de un triunfo que parecía imposible.

Entre los 12 y los 16 años le tocó jugar poco. Los entrenadores no lo ponían. Su baja estatura era un problema. Un día dejó de ir a entrenar. Gallstad tuvo que convencerlo para que no abandonara. Le tocó una fibra íntima: su técnica. La técnica lo era todo para Ibrahimovic. Confiaba en ese recurso. Siguió jugando y a los 18 debutó en Primera.

Los inicios fueron duros. Malmö perdió la categoría luego de 64 años en Primera. Los hinchas veían en Zlatan a un provocador innato, cuyas peleas con los árbitros, los rivales y los propios compañeros ponían en peligro su nivel y el del equipo.

“Siento que a veces soy un poco presuntuoso. Paso los límites establecidos. Pero no tengo dudas que cuando sea profesional lo corregiré. Lo primero que haré será comprarme un Diablo y un Lamborhini”.

El vestuario lo consideraba “problemático” y “egoísta”.  El capitán de ese entonces, Hans Mattison, lo encaró una tarde luego de un partido. Habían empatado por culpa de Zlatan. Una jugada en la que en vez de habilitar a un compañero definió mal cuando el pase era la mejor opción.

El reto de Mattison no cayó bien en el delantero, quien, fiel a su estilo, le respondió: “Puedes decirme todo lo que quieras, pero tú no saldrás de aquí y yo triunfaré en las mejores ligas”. Meses después lo vendieron a Ajax.

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